
A lo largo de los años, las películas se fueron abriendo paso a medida que encontraban un público que estuviera dispuesto a mirarlas. Tal vez uno de los últimos grupos en encontrarse identificado con lo que veía en la pantalla era el de los jóvenes, aquellos que ya hacía rato habían dejado de ser chicos, pero que aún no se sentían preciso el mote de adultos. Requirió que algunos jóvenes, pero prometedores realizadores, tomaran la rienda de Hollywood para que comenzara a abrirse paso un cine que pusiera sobre la mesa temáticas cercanas a ese período de transición entre esas edades, roles e identidades.
A no confundirse, “coming-of-age” no quiere decir “cine adolescente”, o al menos no necesariamente. Se trata de poner sobre la mesa inquietudes cercanas a esa edad, pero no necesariamente quiere decir que este estrictamente ligado a la adolescencia. Por así decirlo, que una película tenga protagonistas adolescentes y esté apuntada a ese “target group”, no implica que estemos ante una obra de este estilo. No se trata del debut sexual, no se trata de la High School, se trata la reconstrucción de una identidad persona, de un descubrimiento personal, o colectivo, de un sentido de pertenencia, de una transición, un crecimiento, o a falta de una palabra más apropiada, de maduración.
La referencia más cercana a este estilo de películas no proviene de la propia pantalla, sino de la literatura. Si bien se tiende a asociar en primera instancia al “bildungsroman” o “novela de formación” alemana, cuando pensamos en el séptimo arte nos encontramos con que la mirada cinematográfica que se hace sobre obras como Jane Eyre, David Copperfield, o incluso Matar a un Ruiseñor, no podrían estar más lejos de este estilo de cine. Rara vez el viaje espiritual de los personajes se traduce en un viaje real, y se distancia aun más el tratamiento del transcurso del tiempo. El cine “coming-of-age” transcurre en fragmentos de tiempo muy reducidos, generalmente durante el transcurso de un día, tarde o noche. Pero si hay una influencia del espíritu rebelde de algunos de esos trabajos. No cuesta, por ejemplo, encontrar elementos de Holden Caufield en varios de los personajes que se asoman en el cine, sobre todo cuando uno analiza la búsqueda interna de ese personaje y lo alienado que está del mundo. El guardián en el Centeno no habla de una verdad universal que uno adquiere al llegar a la adultez, sino, al contrario, de la aceptación de que tal cosa no existe, pero que al hacer las paces con uno mismo y su realidad, el mundo comienza a abrir sus puertas.
La idea de adolescentes rebeldes buscando su identidad remite una imagen cinematográfica casi de forma automática y es la de James Dean con su remera blanca y campera roja. Las actuaciones, la dirección de Nicholas Ray, y el trágico destino de sus protagonistas la convirtieron en un ícono. Aunque en un orden purista y de lo estrictamente cinematográfico, no representa con total claridad la idea de un film “coming-of-age”, si es un claro ejemplo de como las incertidumbres de la juventud comenzaron a acercarse al cine, yendo un poco más allá de la idea de ser simplemente hijos de, alumnos o simplemente pandilleros. El “joven” adquirió su primer antihéroe, la idea de una representación cinematográfica comenzó a hacerse presente.
Igual, pasarían más de quince años hasta que el género comenzara a encontrar una identidad propia. Los primeros ejemplos, son películas retrospectivas, donde los directores hacen una mirada personal que refleja su propio coming-of-age, o al menos como era el mismo en su época. En 1971 Peter Bogdanovich hace La Última Película (The Last Picture Show), película que no goza de una gran fama, pese a sus ocho nominaciones al Oscar y un reparto con nombres que luego serían reconocidos como Jeff Bridges, Cybill Shepard, Timothy Buttoms y Ellen Burstyn. Bogdanovich se ocupó en poner en primer plano, y con seriedad la sexualidad adolescente que crecieron en un pueblo en Texas entre el 51 y el 52, y la rodó en blanco y negro. Valga la pena destacarlo, es una adaptación de una novela con tintes autobiográficos. Dos años después, llegaría la que posiblemente sea la película que inaugura el género, al menos de forma más oficial. El título es American Graffiti y sucede ser una obra “no tan famosa” de un director archi-conocido llamado George Lucas. Protagonizada por Richard Dreyfuss, y el, por aquel entonces solo actor, Ron Howard, narra la última noche de un grupo de amigos antes de partir hacía la universidad. Estética y estructuralmente, American Graffiti cimienta el género, y lo consolida, abriendo las puertas del cine al público adulto-adolescente, un público que supo entender tan bien, que luego marcaría en su siguiente película, aunque sea de poco interés para este texto.
Lamentablemente, ese público dejaría de lado la mirada introspectiva que propusieron esos directores, para acercarse a otro estilo de títulos que fueron surgiendo en esa época. Además del éxito de La Guerra de las Galaxias, el ’78 dejó dos títulos fundamentales, por un lado Quiero Tener tu Mano (I Wanna Hold your Hand) una comedia sobre la Beatlemanía a cargo de Robert Zemeckis, quién se haría bastante conocido después, y el clásico de la comedia americana Colegio de Animales (Animal House), que serviría como punto de partida para una serie de “comedias zarpadas” que se volvería muy popular durante las décadas siguientes, y que marcaría una tendencia en cuanto a la osadía y provación que deberían tener las películas que vendrían después para atraer a los adolescentes. Pero los 80s tendrían una sólida, e interesante propuesta para hacerle a los adolescentes de aquella época, justo antes de caer en las manos de director mucho más ingenuos y sensibles.
Picardías Estudiantiles (Fast Times at Ridgemont High) es un hito del cine adolescente en general, y uno de los mejores exponentes del coming of age). Una película con una estructura coral, que sigue a varios adolescentes de California en sus propios autodescubrimientos. Una película que muestra con honestidad y cierta crudeza, el despertar sexual, los primeros empleos, los exámenes finales, dentro de un marco actual para la época, es decir, los autos, los shoppings y la música. Una película que da indicios de lo que son los “capitanes del equipo de fútbol” y “las porristas”, pero que se queda principalmente con los chicos que son parte del grupo que tiende a representar a la masa. Sumado a los temas que trata la película en si, el reparto presenta, también, figuras que serian importantes años más tarde, Jennifer Jason Leigh, Judge Reinghold, y los futuros ganadores del Oscar Forrest Whitaker y Sean Penn. Como si fuera poco, la película estuvo a cargo de una directora, haciendo su opera prima, y resulta ser el primer guión de un joven periodista que acababa de dejar la Rolling Stone para dedicarse al cine. Los nombres de ambos, Amy Heckerling y Cameron Crowe, dos personas que revisitarían el cine adolescente en otras oportunidades.
Si bien esta película del ’82 tuvo un éxito comercial moderado, marcaría un standard, y abriría el juego de los ochentas, donde el adolescente, como público, va a tener un rol central.




