
El Ilusionista (L’ Ilusionniste, Inglaterra / Francia, 2010) de Sylvain Chomet. .
CrÃtica previamente publicada con motivo de exhibición en cartelera comercial.
Elogio a TatÃ
Una imagen vale más que mil palabras y con un lenguaje sencillo y simple se pueden reconstruir mundos reales y complejos. Eso es lo que propone Sylvain Chomet, en su nueva obra, tras el éxito de Las Trillizas de Belville.
Al igual que en su primer largometraje, el realizador de 47 años, nos muestra que la falta de diálogos puede enriquecer la pantalla siempre que la animación sea clara y el mensaje, universal. En este sentido, se lo puede considerar a Chomet, otro discÃpulo de Hayao Miyazaki, y un compatriota ideológico del cine de Nick Park o John Lasseter, dos artesanos de la animación contemporánea, que han demostrado con sus respectivas empresas, Aardman y Pixar, respectivamente, que las herramientas de las que se debe valer el realizador de animación son sus propias manos y el trazo de su lápiz, aún cuando sea virtual.
Esta vez, Chomet no solo se inspira en la imaginación, sino también en la obra de un artista completo (payaso, actor, guionista, realizador) de la década del ’50 proveniente de su Francia natal: Jacques Tati.
Con apenas 5 largometrajes (DÃa de Fiesta, Las Vacaciones del Sr. Hulot, Mi TÃo, Playtime, Trafic) , Tati revolucionó el cine francés a fuerza de una inocencia keatoniana, basada en miradas, planos generales silenciosos, y una visión infantil del mundo que en realidad, termina siendo compleja e irónica, llena de ternura, humor y melancolÃa.
Inspirado por un guión nunca realizado por Tati en 1959, demasiado lúgubre según el autor, Chomet agarra la posta y dirige esta obra largamente esperada por los fanáticos del cine, y especialmente de ambos artistas.
Inteligentemente, Chomet homenajea a Tati con gracia y melancolÃa, pero lamentablemente hay más de la segunda que de la primera.
A veces hay obras que gustan más o menos, según la percepción que uno tiene de la vida en general, y del momento anÃmico que cada espectador pasa cuando ve la pelÃcula en sÃ.
Y si uno anda medio deprimido o no quiere deprimir, El Ilusionista no es la obra adecuada. ¿Por qué? Porque destila melancolÃa y tristeza en cada plano. No a un nivel literario, vulgar o burdamente representado como se suele hacer en el cine estadounidense, sino a un nivel subtextual. El Ilusionista desilusiona en cierto sentido.
Aun con una mirada cÃnica y satÃrica alrededor de la ternura, nostalgia y melancolÃa que rodeaba a Las Trillizas de Belville, uno podÃa palpar cierto optimismo o esperanza, en medio del humor negro imperante. Pero en El Ilusionista, el texto es tan directo y poético a la vez, que a pesar de no usar recursos golpebajistas, primero planos de los personajes, diálogos o una empatÃa entre los protagonistas y el espectador, Chomet logra emocionar con muy poco, y un mensaje demasiado claro: cuando no hay espectadores, la magia y el arte están muertos, dejan de existir. Son solo trucos creados creados por hombres.
Esta moraleja tan sutilmente confeccionada, pero a la vez tan directa es lo que convierten a la pelÃcula en un obra pesimista y desesperanzadora acerca del futuro de la sociedad. No hace falta tener un cinismo estupidizador como el de los hermanos Coen, para mostrar como la humanidad se viene abajo si no existe el arte, solamente ver como los jóvenes prefieren ciertas arbitriariedades de la vida, antes que el esmero de expresar un sentimiento a traves de la creación artÃstica.
Tati, siempre fue un visionario en este sentido. Un crÃtico de la sociedad, un marginal. Pero tambien un amante del cine mudo, especialmente de Keaton (en cuanto a la inocencia, expresividad y sentido del humor) y de Chaplin, (por la manifestación social). En este sentido, Chomet se acerca un poco más al segundo, en su última etapa (la de El Pibe, La Quimera del Oro, Luces de la Ciudad y especialmente, Tiempos Modernos).
No dudo, que a pesar, de su pesimismo, El Ilusionista (al igual que Las Trillizas…) se convierta en un clásico y Chomet en un autor de culto. Más allá de las contundentes imágenes, los paisajes, el clima, el diseño de los personajes, se trata de una obra atemporal. Al poco tiempo de situarla en ParÃs, 1959, nos olvidamos del tiempo. El mensaje es demasiado contemporáneo y por eso impacta.
Se destaca la cinefilia de Chomet y el amor por la obra de Tati (asi como el tributo de este por el Music Hall), y como ya dijeron varios colegas, la secuencia en la que personaje y creador original se reúnen en un cine, provoca una grata sonrisa en el amante cinematográfico.
Los 80 minutos y la narración episódica provocan que el relato se haga un poco monótono, y por momentos tedioso, pero aún asà es una maestra, que imagino se va a poder apreciar más si uno está con el ánimo adecuado para verla, y que no va a faltar en ninguna retrospectiva de los tesoros cinematográficos que Francia ha heredado del gran Jacques Tati.





