¿Cuántas vidas vivimos gracias a que vemos cine?

El hombre crece y se desarrolla ahora en varias y diferentes dimensiones.  Es decir, vivimos nuestra vida de muchas formas. Antes, la realidad era irrefutable, indiscutible, irrebatible y, a veces, irremontable. Pero eso ha cambiado ya desde hace muchísimo tiempo.  Ya no vivimos una sola vida y ya no nos movemos en solo una realidad. Transitamos muchas y transcurrimos en más de un presente.

 

Por estos días un tanto agitados de la semana que se extingue (y hace bien), una pregunta anduvo flotando como burbuja en la cabeza de más de uno. Es que hemos estado medio bombardeados desde todos los flancos por la tv, que se ha hecho eco de una cuestión bastante llamativa: el famoso sketch de “La Nena†de Francella  y la denuncia por su supuesta “naturalización†de la pedofilia.  Una organización llamada Red de Contención contra la violencia de Género, habría denunciado al ciclo arguyendo tales cuestionamientos.

Estuve chusmeteando canales de aire y me encontré con sendos debates sobre el tema que iban desde la estupidez flagrante,  hasta la alta discusión y el sano intercambio intelectual. Entre todo ese parloteo, en su mayoría y salvo raras excepciones inconducente, la pregunta que parecía subyacer era: ¿qué se puede contar? Es decir parecía que, desde algunos lugares, todavía pervive la idea de que hay un límite para lo que se puede decir, hacer, contar, ridiculizar o reproducir dentro de un discurso artístico, sea cual fuere su naturaleza.

 

¡Buenas, buenas, mis pequeñas criaturas asquerosas, repugnantes! ¿En qué han estado ocupando su valioso tiempo por estos días? ¿Cómo vienen capeando el atracón de comida del día del trabajador? ¿Me extrañaron?  Sí, sí, me he retrasado lo sé. No me salten al cogote y ténganme piedad.  He estado, como dicen los americanos “under the weatherâ€, es decir, medio ñac y, aunque ustedes no lo crean, no se me ocurría una puta cosa. He andado cansada, pesada, extraña; no me he sentido bien. La cabeza no me estaba funcionando de manera normal. De hecho, me la he pasado en internet, medio tirada, comiendo caramelos y alfajores cordobeses o mirando la televisión (bah, ahora que lo pienso, eso sí es normal para mí jaja).  La cuestión es que no se me ocurría nada. Tenía como desordenada la cabeza. Algo así como si me estuviera funcionando despacio, desordenadamente, sumida en la niebla. Al principio creí que era como siempre, pero después me alarmé un poco, ya que la cuestión empezó a prolongarse. El estado se parecía a un sueño en la vigilia. Algo así como ver las cosas fuera de foco y escucharlas dentro de una bañadera.  No podía escribir, así que me la fumé leyendo poesía.  La mente me andaba por los lugares de siempre: la maternidad, la enfermedad, la muerte, el cine, el ego, el amor, la felicidad, la comida, la pilcha y las tareas de la casa.  Estuve deambulando por la casa buena parte del tiempo, hablando con los gatos y tomando infusiones de todo tipo, desordenadamente, hasta que me metí al servicio de películas grabadas de mi proveedor de cable y me encontré con La Sociedad de los Poetas Muertos. Me largué a reír. Allí estaba yo leyendo poesía y cuestionándome el valor de cada día y su relación con la noción de la muerte y ¡PUM! aparece en mi televisor esa peliculita.  Parecía una de esas coincidencias prodigiosas pero, a decir verdad, no era más que una consecuencia lógica del recorrido de mi mente.

 

Hoy estuve pensando mucho en La Guerra de los Roses, aquella película americana del 89, dirigida por Danny DeVito, basada en el libro homónimo de Warren Adler y que terminó siendo un suceso de crítica y público a lo largo y ancho del globo. Me vino a la cabeza, debido a una pelotera proverbial que tuve anoche con mi chuchi, que se salió un poco de las proporciones normales y arrojó como saldo un llavero roto. Eso me engrosó bastante la paciencia, porque se trataba de un adminículo completamente nuevo y glamoroso que yo mismita adquirí recientemente. Lo triste, es que también fui yo la que arrojó las llaves al sorete y arruinó el destellante artefacto, al fragor de la discusión y llevada de la nariz por la ira que, una vez disipada, le abrió paso al arrepentimiento de clase media. ¡Qué patético! Cagarse a gritos y bajar el árbol genealógico del cielo, para después andar tratando de pegar con pegamento universal un llaverito pedorro.  En fin, delicias de la vida conyugal que se dan dos o tres veces al año, sirven para volver a hablar las cosas que están en el candelero y siempre se cobran la vida de algún artefactito de la casa.  Nada para patalear, por lo menos por ahora.  Pero los Rose también arrancaron fenómeno y eso era lo más inquietante de la historia.

 

Recuerdo una noche, una noche muy especial. Yo estaba preparando una materia que me había quedado previa en quinto año para rendir en marzo. Debía rendir bien, ya que esperaba comenzar la universidad aquí, inmediatamente  después. Me salía de la vaina tanto de la excitación, como de la desesperación.  Estaba sola, con el corpiño carmesí de encaje que yo misma había teñido como única blusa (en esa época andaba así por la calle), unos Oxford de jean, las botas texanas y un millón de collares en el cuello. Recuerdo uno en particular, de cordón negro, con una especie de colmillo colorado que me colgaba entre las tetas. Mi cuerpo entero olía a Hawaian Tropic.  Las ventanas estaban abiertas y el calor del verano me embestía fragante, abriéndome los poros y afiebrándome la mente con fantasías, demonios y anhelos. En la mesa: el choclo de bosta de “Derecho Comercial†que se negaba pertinazmente a entrarme en la cabeza.  Serían las dos de la mañana como mucho y ya estaba hasta la coronilla de estudiar esa mierda, pero no conseguía cerrar la carpeta. Tenía terror. Terror de tener que quedarme, de no poder arrancar la vida que había soñado, de no poder venir para acá y caminar estas calles, perderme, estudiar, conocer, fornicar, bailar, emborracharme, tirarme pedos, no dormir o dormir todo el día, leer libros, comer, montar motocicletas por las autopistas… Entre todo eso y yo, se alzaba una materia piojosa, esponjosa, aburrida, pedorra, prosaica, tangible hasta el punto del ridículo. Finalmente me decidí, cerré los apuntes y prendí la televisión. Enganché Amadeus.

 
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