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La Piel que Habito, según Rodolfo Weisskirch

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¡Átame, Matador!

A veces uno pierde la esperanza cuando entra a una sala cinematográfica. La mayoría de los directores se están olvidando de filmar. Graban. Es cierto, que muchos de ellos, hacen cosas increíbles con el material digital (Sokurov, Lynch), pero después no se sale de la media, de aprovechar la reducción de costos y el avance tecnológico para pensar en función de efectos especiales y el 3D.

Pero todavía existen realizadores de vieja escuela que siguen imponiendo personalidad, autoridad, cinefilia y aprovechan el 35 mm para lograr maravillas que solamente se pueden apreciar en una sala, en pantalla gigante.

Pedro Almodóvar vive, respira, ama, hace cine. Aquel chico rebelde del nuevo cine español, tan amado, envidiado y odiado al mismo tiempo dio la impresión de haber madurado tras Todo Sobre mi Madre, haberse puesto más reflexivo y profundo. Incluso pretencioso, según las malas lenguas. Vamos. ¿Cuándo el cine de Pedro Almodóvar no fue pretencioso? Y perdónenme aquellos retractores que califican sus últimas obras como experiencias pensadas más para el gusto anglosajón que para el iberoamericano, pero Almodóvar sigue siendo rebelde, morboso, excéntrico y kitsch en lo que a mi respecta. Sobretodo sigue siendo un artista completo, y esta afirmación la defiendo de Buenos Aires a La Mancha.

La Piel que Habito es una rebuscada obra donde, como es usual en su filmografía, nada es lo que aparenta y sus personajes esconden mucho en el interior de su ser. A la vez es un reencuentro con el cine negro que tanto le fascina, con el melodrama sirkiano y el terror psicológico.

Inspirado en la novela “Tarántula” y algunos film noir de los ‘60s, el director de Los Abrazos Rotos, crea un envolvente juego donde un cirujano plástico de renombre tiene encerrada a una joven que protege su piel con mallas pegadas al cuerpo. No sabemos bien porque la tiene secuestrada ni porque ella misma es tan sumisa. ¿Síndrome de Estocolmo? Posiblemente.  A medida que avanza la acción van apareciendo otros personajes que giran alrededor del Dr. Robert. Un giro narrativo muy fuerte, provoca que, como es común en el melodrama y especialmente en las últimas películas de Pedro, viajemos al pasado para conocer la historia de Robert y Vera.

Como es usual, toda la trama nos conduce a través de un viaje sadomasoquista, donde el abuso sexual se lleva en varios niveles, desde lo físico, lo psicólogico hasta lo sociópata. Las violaciones en el cine almodovariano es algo bastante usual. Acá toma un lugar preponderante el tema. Las relaciones toman matices aberrantes e incluso incestuosas.

Almodóvar se reencuentra con sus obsesiones, su vouyerismo y más allá de la rebuscada trama, lleva cada una de sus fantasías a un plano plástico fascinante que se pone al servicio de la narración. No es sorprendente que sus personajes siempre se sientan atraídos por pinturas y las mismas abunden por cada rincón de los decorados, pero lo cierto es que esta vez, no son mera decoración. Detrás de cada pintura hay una mirada que se traduce cinematográficamente en cada cuadro que Pedro dibuja. Porque para el cineasta, el material fílmico es un lienzo, donde tira sus figuras geométricas, su pasión por el negro, el rojo, el azul, el verde y los contrastes.

El aporte estético del machengo en conjunto con el del vestuarista Paco Delgado, el escenográfo Carlos Bodelón y el director de arte Antxón Gómez, es fundamental para que cada plano, cada encuadre tenga una simetría y belleza estética envidiable. A eso hay que sumarle la influencia del veterano José Luis Alcaine, colaborador habitual del director (Pedro usa a Alcaine y Alfredo Mayo en forma sucesiva). Cada elemento pictórico incrementa la tensión y el clima que va generando el film.

La inteligencia del autor, sin embargo está en lograr que en ningún momento lo visual cobre protagonismo sobre lo narrativo. Por eso, cada decisión estética es justificada por la trama. Uno no puede despegarse ni de una ni de otra. La sucesión de escenas está plasmada como un juego de espejos constantes. Pedro no apuesta por la sorpresa efectista, es paulatino el desenvolvimiento de la información. Al punto que uno va comprendiendo, adivinando, conjeturando. El director le da la oportunidad al espectador para que razone. Y mientras tanto le mete escenas de tensión y suspenso dignas de Hitchcock, donde el montaje de José Salcedo también se vuelve fundamental. Un montaje que va desde lo externo (aquel que es creado por corte y pegue) hasta el interno, (donde se nota más la mano del realizador como pintor innato). La banda sonora de Alberto Iglesias, emulando (como ya dijo José Luis de Lorenzo) a Bernard Herrmann, acompaña la tensión. Uno no se asusta de la música sino de las imágenes, pero a la vez, la banda sonora es tan exquisita en su composición, queda tan grabada como aquellos leit motivs que Herrmann hacía para Hitchcock, que tampoco el espectador le puede dejar de prestar atención a este detalle.

¿Ven? Esto es un buen director. Aquel que impone sus gustos, su estética, su timing e identidad, pero a la vez deja que cada jefe de área se destaque.

La Piel que Habito sufre de una decaída rítmica en la segunda mitad, lamentablemente. A medida que se va acercando el final, peca de volverse demasiado explicativa. Lo mismo sucedía con Los Abrazos Rotos. Sin embargo, acá Pedro logra sortear un poco mejor este problema.

A pesar de haber cambiado completamente de género, y que los típicos diálogos almodovarianos se dan solamente en una escena (pero clave) se mantiene el eje de su obra. La identidad bifurcada, la ambigüedad sexual, las culpas del pasado. Nuevamente, Vértigo de Hitchcock es la principal referente cinematográfica, pero esta vez también podríamos incluir algo de Frankenstein o mejor dicho, La Novia de Frankenstein de James Whale.  En el personaje de Robert, existe una pasión necrofílica, muy similar a la del protagonista de la novela de Mary Shelley.

La piel es aprovechada en cada centímetro del cuerpo de los protagonistas. Lo que no solamente justifica el título sino también, permite descubrir cuanto se puede trabajar estéticamente con la figura humana.

Y si todo esto fuera poco, permite que converja un elenco soberbio. El reencuentro con Antonio Banderas deriva a que el actor radicado en Hollywood de, por lejos, la mejor interpretación de su carrera. Alejado de sus típicos tics, Banderas logra un villano de antología. Tan sumiso, calculador, introvertido, como malvado y querible al mismo tiempo. Uno logra sentir piedad por él e incluso identificarse con su dolor. ¿No es bueno que un realizador nos enfrente con nuestro lado más oscuro cuando notamos que sentimos empatía por el asesino? Banderas ha madurado. Es un galán (y Almodóvar lo explota como tal, ni siquiera en Hollywood es tan seductor como en este film), pero ha madurado y los años le han venido bien. Sería bueno que Banderas se quede en España y pueda volver a explotar su carisma, soltura y sordidez interpretativa que lo llevaron a Estados Unidos. Auguro un gran carrera para el esposo de Melanie Griffith en caso de quedarse en su tierra natal.

Por otro lado, la gran Elena Anaya confirma que es una de la grandes actrices jóvenes (o no tanto ya) del momento. Su minimalismo expresivo, la forma en Almodóvar explota su mirada, sus ojos, es admirable. Además de su belleza física y la forma en que usa el cuerpo para construir un personaje trágico, ambiguo en todo sentido. La tercera pata de este amour fou lo pone la gran Marisa Paredes, que con naturalidad absoluta le da a su Marilia un exquisito papel, que en el rol de otra actriz hubiese pasado desapercibido. Otra chica Almodóvar pura, que confirma su estatus tras sus excepcionales participaciones en La Flor de mi Secreto y Todo Sobre mi Madre.  Almodóvar en su salsa no decepciona. El resto del elenco encabezado por Blanca Suárez y Jan Cornet, también tiene la posibilidad de destacarse, aunque queda colapsado, sin dudas, por los protagónicos.

Hace mucho tiempo que no me sentía tan inspirado para analizar un film. Los Abrazos Rotos fue mi primera crítica para el sitio, y siento que la pasión almodovariana me envuelve cada vez que escribo. Es como haberme encontrado con el impulso que me llevó a redactar por primera vez en A Sala Llena. Pero los méritos no son míos, sino de Pedro. Uno de los grandes autores contemporáneos.  Podré no ser una “chica almodovar” como dice Sabina, pero me autodesigno un “espectador almodovar” de la primera fila.

¡Pues, átame a la butaca, matador, antes que me agarre un ataque de nervios!

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