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Mateo

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Mateo

Dirección: Guillermo Cacace. Autoría: Armando Discépolo. Escenografía: Félix Padrón. Vestuario: Magda Banach. Iluminación: David Seldes. Música original y dirección musical: Patricia Casares. Música en escena: Francisco Casares (guitarra, voz, percusión y accesorios), Juan Pablo Casares (bajo eléctrico y coros), Patricia Casares (voz, melódica, guitarra con arco, percusión y accesorios), Eliana Liuni (clarinete, clarón, serrucho y arpa de boca) y Demián Luaces (violín, viola y flauta dulce sopranino). Elenco: Mario Alarcón, Horacio Acosta, Max Berliner, Roberto Carnaghi, Paloma Contreras, Rita Cortese, David Masajnik, Iván Moschner y Agustín Rittano.

Podríamos comenzar ésta reseña recordando el primer estreno de Mateo en Buenos Aires, hablando de sus particularidades y las de su autor, Armando Discépolo; o de cómo era el contexto social en 1923 y mencionar la tan mentada actualidad de un clásico.

Pero quien suscribe, prefiere hablar de la puesta en escena de Guillermo Cacace, de la potente intertextualidad sobre la que se fundamenta su mayor virtud y de las tensiones entre el hombre y el cambio de época.

El diálogo entre el tiempo actual y un tiempo otro, lejano e inicial, se da en las cuatro aristas que sostienen la escena del grotesco de reciente estreno en el Teatro Nacional Cervantes. El vestuario ostenta una multiplicidad de culturas, y es particularmente en sus gorros y sombreros que se distinguen los cientos de inmigrantes que poblaron nuestro suelo. Las composiciones de un elenco heterogéneo en cuanto a franja etárea y trayectoria se contraponen felizmente con una homogénea composición de personajes. La atmósfera depresiva que se transforma negativamente, a través de un sutil crescendo, es bellamente creada por una coherente articulación entre la música y la escenografía. Esto último logra que nuestros sentidos estén atentos y sin descanso a los largo de los ochenta minutos en que transcurre la acción.

Guillermo Cacace crea un universo que se introduce en la percepción del espectador a través de un aire viciado, oscuro y sucio que impregna desde la ropa de los protagonistas hasta su conducta. Mateo es la puesta en escena de un conjunto de tensiones generadas por el estado de desorientación e inseguridad que embargan al hombre cuando transita un cambio de época. Cambio que a través de diversas contradicciones ubica al sujeto que las genera en el límite entre la necesidad de liberase de las reglas del pasado y el vértigo de la novedad frente a la cuál siente que se destruye todo lo que ha sido, ha tenido y ha sabido.

Así, Miguel Salerno se constituye, y en la profunda interpretación de Carnaghi se construye, como paradigma del hombre frente al cambio, como el cuerpo atravesado por las tensiones de lo que fue y lo que será; pero también como  símbolo de la desesperanza, del estado más profundo de la degradación humana. Un cuerpo sobre el cuál la propia sociedad se posa para destruir una tradición y forjar otra; esta última fundada sobre los despojos de un epígono.

Párrafo aparte merece la gran composición de Mateo en el cuerpo hipersignificante de Max Berliner. La gran metáfora que homologa a Miguel y a su viejo y fiel compañero Mateo, como aquellos que vencidos se dejan morir; es presentada por Cacace a través de una creación tan plástica como violenta. Un cuerpo que a través de la semidesnudez, la postura y pocos y mínimos movimientos, que incluyen una mirada más que elocuente, proyectan y encarnan en el espectador un variedad de sensaciones que aún con mayor o menor pregnancia es imposible evitar. Mateo puede gustar o no, uno puede acordar o disentir con las elecciones estéticas de su director o con las performances de su elenco; pero es inevitable afirmar que el mecanismo productor de sentido que Cacace ha creado logra que una vez fuera del teatro, el espectador sea otro, un otro atravesados por múltiples y nuevos sentidos.

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